La Señal

En 1971, un niño de cinco años vivió su primera hiperinflación: en el jardín de infantes, unos vales de tela que premiaban el buen comportamiento se devaluaron cuando una nueva maestra los repartió sin control. Lo que empezó como un sistema de trueque —un vale por un balde de arena, dos por un dulce— terminó en la nada: los vales acabaron tirados por el suelo, inservibles. Esta historia, contada por un columnista de Bitcoin Magazine, es una metáfora perfecta del sistema monetario actual. El dólar estadounidense ha perdido el 97% de su valor en los últimos cien años. La libra esterlina, que originalmente representaba una libra de plata, corrió la misma suerte. La causa es siempre la misma: la creación descontrolada de dinero. Los gobiernos y bancos centrales cambian las reglas cuando les conviene, como aquella maestra.
La lección es clara: cuando las reglas monetarias son flexibles, el valor se erosiona. En el jardín de infantes, los niños que más vales habían acumulado fueron los más perjudicados. De manera similar, los ahorradores en moneda fiduciaria —quienes mantienen efectivo, bonos del gobierno o depósitos bancarios— ven cómo su poder adquisitivo se desvanece con el tiempo. La inflación no es un accidente, sino una característica del sistema fiduciario, donde la oferta monetaria puede expandirse sin límite. Los bancos centrales, presionados por la deuda pública y las demandas políticas, recurren a la impresión de dinero como solución temporal, pero a largo plazo destruyen el valor de la moneda.


